Los votos, plenitud de la Eucaristía

P. José Granados, dcjm

6 de julio de 2022

Homilía de los primeros Votos de los hermanos Mark Lederhos y Stephen Suddjian

El Evangelio nos narra cómo Jesús toma la decisión de marchar hacia Jerusalén (Lc 9,51). El texto griego dice literalmente que “endureció su rostro”. Puso un rostro como la piedra, es decir, firmemente decidido a alcanzar su meta. Es un rostro que revela el proyecto de Jesús: alcanzar al Padre. En vuestro noviciado habéis tenido que endurecer varias veces el rostro, pues comenzasteis en las condiciones difíciles de la pandemia. Cuando todo el mundo se detenía, vosotros os dabais un paso al frente para seguir a Cristo. También los votos religiosos consisten en “endurecer el rostro”, lanzando vuestro proyecto más allá, hacia Dios.

¿Y hacia dónde endurece Jesús su rostro? Él camina hacia Jerusalén porque Jerusalén es la meta de todas las ascensiones. Pero no se detendrá en la Jerusalén terrena, sino que marcha a la Jerusalén celeste, porque va hacia la resurrección para darnos vida. Podemos decir, también, que camina hacia la Eucaristía, que ardientemente ha deseado comer con sus discípulos. Pues en la Eucaristía se inaugura la Jerusalén nueva. Jesús camina, por tanto, para reedificar Jerusalén.

Así, la Eucaristía revela el significado de los votos religiosos. Es verdad que los votos son la plenitud del bautismo. Consisten en vivir el bautismo en toda su radicalidad, dejando que se expanda ya a todos los rincones de la vida, anticipando las semillas que florecerán en todos los santos en el Reino definitivo de Dios. Ahora bien, como el bautismo es, en el fondo, el nacimiento al cuerpo eucarístico, entonces hay en los votos también una plenitud de la Eucaristía. Hoy alcanza su cumbre aquello que vivíais en la primera comunión. Hoy dejáis que vuestra vida se conforme totalmente con el don que entonces recibíais por primera vez. Y los votos, a su vez, aclaran lo que significa comulgar el cuerpo de Cristo.

Al hacer vuestra profesión la Eucaristía se convierte en vuestra nueva riqueza, vuestro nuevo amor, vuestro nuevo proyecto. Vemos esto si seguimos leyendo el Evangelio de hoy, donde se nos presenta a tres personas que quieren seguir a Jesús, y cada una simboliza uno de los votos. El Evangelio no nos narra cómo respondieron al reto de Jesús. Y, de este modo, se nos dice: ¡nos toca a nosotros la respuesta! Y también: Jesús es la respuesta, pues las condiciones para seguirle son las que Él mismo vivió en su camino a Jerusalén.

El primer hombre dice a Jesús: “te seguiré adondequiera que vayas”. La vida religiosa es el seguimiento corporal de Cristo. Volvemos a encontrar esta frase en el Apocalipsis, aplicada a los santos que siguen al Cordero “adondequiera que vaya” (Ap 14,4). Jesús, sin embargo, cuando Pedro le pregunta adónde va, responde: “adonde yo voy no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde…” Pedro podrá seguir a Jesús solo tras haber celebrado la Eucaristía con el Resucitado, y ser incorporado a su cuerpo. 

La respuesta de Jesús tiene que ver con la pobreza: “las zorras tienen madriguera y las aves del cielo nido, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza…” Este seguimiento radical de Jesús no consiste en mudarse de una casa a otra, sino en abandonar toda casa. Ahora bien, Jesús sí que tiene donde reclinar la cabeza: lo encontraremos, por ejemplo, dormido en la barca, reclinando la cabeza en cualquier lugar, porque puede confiar en su Padre. En la Cruz inclinará la cabeza en esas manos paternas. De hecho, al llamarse “hijo del hombre” Jesús está señalando a su muerte y resurrección. 

Hay quien tiene muchas casas y no puede dormir, por insomnio. Para dormir no basta tener donde reclinar la cabeza, sino tener la confianza para abandonarse en manos de otro, es decir, hace falta un hogar. Con los votos renunciáis a la casa, pero no os quedáis sin hogar, sino al contrario. Pues Cristo va a instaurar en Jerusalén, al celebrar la Eucaristía, un nuevo hogar. Así dice a sus Discípulos: en la casa de mi Padre hay muchas moradas (Jn 14,2). Esta casa del Padre es el Templo, y el Templo es, a su vez, el cuerpo de Cristo. Gran sorpresa: ¡quien no tiene morada, resulta que posee una casa con muchas moradas! Una costumbre de nuestra vida religiosa es que antes de entrar o salir en nuestras casas, hacemos una visita al sagrario. Con esto expresamos: nuestra casa se edifica en la Eucaristía. 

El segundo hombre se encuentra con una alternativa drástica: Jesús ni siquiera le deja ir a enterrar a su padre. Vais a hacer el voto de virginidad, que conlleva renunciar a una familia. ¿Se opone Jesús al mandamiento de honrar padre y madre? ¿O al de enterrar piadosamente a los muertos? Más bien puede verse aquí un gesto profético, como el de Jeremías, que no se casó para revelar cómo Israel, sin Dios, quedaba infecundo; o como Ezequías, que no hizo luto por su mujer muerta, mostrando la muerte de Jerusalén. Como en los profetas, el gesto escandaloso de no enterrar al padre quiere revelar cómo la relación con el padre encuentra su fundamento en la relación con Dios. 

De hecho, en la Eucaristía contemplamos a un padre que no tiene que morir ni ser enterrado, porque genera precisamente al resucitar. Hay que decir ahora, no solo “deja que los muertos entierren a los muertos”, sino: “deja que los vivos den vida a los vivos”. Esto es precisamente la virginidad: un amor que vence a la muerte, porque reconoce a Dios como su fundamento, y a Cristo como aquel que, trayéndonos a Dios, puede llenar plenamente el corazón humano. El voto de virginidad equivale a decir, a la luz de la Eucaristía: “mi cuerpo por Cristo y por todos los hombres”, de modo que se comunique la vida de Jesús.

Esto es una llamada para vosotros, padres de Stephen y Mark y para todas las familias que estáis aquí. La vocación de vuestros hijos es también una vocación para vosotros, para ir al fondo de vuestro amor de esposos y de padres y de hermanos. Cristo nos dice que tenemos que amarle a Él más que a padre y madre, esposa o hijos, porque valora en mucho el amor familiar. Y se presenta como fundamento último de ese amor paterno, materno, filial… 

Hay algo parecido en el gesto de Eliseo, que escuchamos en la primera lectura. Cuando siguió a Elías, ofreció el sacrificio de sus bueyes. Se detuvo, es verdad, para despedirse de sus padres, pero también para ofrecer un holocausto a Dios. Quería relacionar el amor de sus padres con el amor de Dios, mostrando así cuál era el fundamento del amor familiar. Solo podéis ser buenos padres y esposos y hermanos si tenéis como fundamento el amor del Padre Creador, que Cristo nos ha revelado.

Finalmente, hay un tercero que pide despedirse de su familia. Jesús le invita a poner la mano en el arado y no mirar atrás, para hacerse digno del Reino. ¿Qué significa aquí mirar atrás? Atrás están los proyectos propios, que son proyectos a medida humana. Cuando proyectamos según nuestra propia medida, nos acaba entrando miedo, como a la mujer de Lot, o como a Pedro cuando caminaba sobre las aguas. La obediencia nos enseña a acoger un proyecto más grande, el “proyecto Cristo”, para poder mirar hacia el futuro definitivo. 

Este viaje más allá es algo propio de los Estados Unidos. El sueño americano, según algunos, se forjó desde el deseo de abrir nuevas fronteras. Había que ir siempre hacia el Oeste, hasta llegar aquí a Denver, y luego aún más allá. Dicen que un americano de aquellos tiempos, tenía tanta atracción por el Oeste lleno de promesas que, al llegar al cielo, diría a san Pedro: “esto es muy bonito pero: ¿por dónde se va el Oeste?” En realidad, el cielo es ese lugar donde, para llegar al Oeste, para recibir todavía más, ya no hay que moverse, porque poseemos al manantial mismo. San Bernardo, para afirmar que el deseo no se apagará al llegar al cielo, usa esta imagen: será como echar aceite sobre la llama. 

Y esto se nos ha anticipado en la Eucaristía. Jesús, en la Última Cena, agradece a su Padre, pero no para mirar atrás, sino adelante, a la vida nueva que el padre le va a entregar. Esta meta orienta toda nuestra actividad humana, como dice Jesús: “trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna” (Jn 6,27). La obediencia es precisamente este trabajo por un alimento de vida eterna. Por eso no es una renuncia a la libertad, sino que consiste en darle alas, para que nuestra acción llegue a su meta última, la unión con Dios. 

Podemos terminar con una imagen tomada de la primera lectura. Es Elías, que llama a su discípulo Eliseo. También Elías fue hombre en camino, primero hacia el monte Horeb, donde vio a Dios, y después hacia el cielo, adonde ascendió. Elías arroja sobre Eliseo su manto, como un signo de elección. Eran los métodos vocacionales de aquellos tiempos. Este manto ha caído también sobre vosotros, queridos Mark y Stephen. Es el manto de Cristo, para que os revistáis del Señor Jesucristo (Rom 13,14), para que le imitéis en toda vuestra vida. Es un manto lleno de poder, porque con él se separan las aguas del Jordán y se abre la entrada en la nueva tierra. Y cuando Elías suba en un carro de fuego, dejará a su discípulo aquel manto con el que le había llamado, para que nunca olvidara su vocación (cf. 2Re 2,13). 

Hoy vais a hacer vuestros primeros votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia. Cristo ha arrojado sobre vosotros su manto, para que le sigáis. Y estáis llamados a seguirle de cerca, viéndole ascender a los cielos. Al subir, Él os deja su manto, donde algunos santos han visto al Espíritu, que inflama vuestros corazones y transforma vuestros deseos. En este manto puede verse también el manto de María, con el que reúne y protege a la Iglesia, y a nuestra familia de Discípulos. Que en Ella alcancéis lo que Jesús prometió a aquellos tres hombres que se le ofrecieron a seguirle: una gran morada desde la pobreza, un gran amor en la virginidad, un gran proyecto por la obediencia.