Domingo de Pascua: “¡Levántate, brilla!”

P. José Granados, dcjm

16 de abril de 2022

Homilía de la Vigilia Pascual de 2022

“¡Levántate y brilla!” (Is 60,1). La frase de Isaías se refiere a Jerusalén, pero puede leerse también como anuncio de la resurrección de Cristo, que renace como cabeza de la Iglesia. El Padre no sólo levanta a Cristo sino que le llena de luz. El cuerpo de Cristo está alzado y resplandece. El viaje al fondo de la carne que es la Cuaresma termina con la carne en pie y llena de luz del Resucitado.

“Levántate y brilla”. Hay aquí una invitación a despertar del sueño. En inglés, esta frase profética ha inspirado la orden “Rise and shine!”, que se usa en el ejército para la diana de los reclutas – y el “shine” se refiere a lo limpias que tienen que estar las botas. El cuerpo de Cristo brilla de forma distinta, pues lo hace desde dentro de la carne que asumió y llevó al cielo. En Navidad san Agustín nos dice: “despierta, hombre, por ti Dios se ha hecho hombre”. Hoy podríamos añadir: “despierta, hombre, por ti Dios ha rehecho al hombre”, “por ti Dios ha rehecho en Sí al hombre”.

Cristo está vivo y esto quiere decir que percibe plenamente el mundo. Pues propio de la muerte es el ídolo que, según la Biblia, “tiene ojos y no ve, nariz y no huele, manos y no toca…” (cf. Sal 115,5ss). Jesucristo ahora tiene ojos y ve, boca y habla, manos y toca. Impresiona cómo, en las apariciones de Jesús, se ponen en juego todos los sentidos: se deja tocar, pide de comer, grita a los discípulos hacia dónde tienen que echar la red…

Son sentidos que se hallan en la vigilia pascual, pues el fuego brilla y quema, el agua viva suena al correr, el pan y vino se gustan… San Buenaventura, al narrar la vida de san Francisco, ha unido cuatro de los sentidos del cuerpo (vista, tacto, oído, gusto) con las cuatro propiedades del cuerpo resucitado que la tradición ha llamado dotes: el cuerpo de Cristo brilla; no se corrompe; puede moverse veloz de un lugar a otro y traspasa las paredes.

Empecemos por la vista. Corresponde la claridad del cuerpo glorioso, que se une a la liturgia del fuego como luz. Joseph Ratzinger, en su biografía, narra lo que sintió al morir sus padres: el mundo de repente perdió color, se hizo más gris, con menos substancia, porque habían desaparecido personas tan amadas. Quevedo escribe, ante la decadencia de España: “no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuera recuerdo de la muerte”. Y también san Agustín relata esta experiencia ante la muerte de un amigo querido (Confesiones IV 9): “Cuanto miraba era muerte para mí. […] Le buscaban por todas partes mis ojos y no parecía. Y llegué a odiar todas las cosas, porque no le tenían ni podían decirme ya como antes, cuando venía después de una ausencia: «He aquí que ya viene»”.

Hoy, con la resurrección del Señor, el mundo recupera color. Al resucitar, ha dado para siempre la vuelta al verso de Quevedo, que ahora debe leerse así: “no hallamos cosa en que poner los ojos / que no sea promesa de la vida”. Y, a diferencia de san Agustín ante la muerte de su amigo, hoy cada cosa que vemos tiende a Él, prepara su venida, y por eso podemos decir al mirarla: “He aquí que ya viene”, que viene Cristo. Porque el futuro de todas las cosas, la plenitud que albergan todas ellas, es el Resucitado. Así aprendemos a mirar también de forma nueva a las personas, desde el destino de luz a que están llamadas en Cristo, no como flores condenadas a marchitarse, sino como flores que, al dar fruto, seguirán siendo flores.

Pero el fuego no solo da luz, sino también calor. Aquí entra el tacto, unido a la dote de la impasibilidad. Es curioso que se asocien fuego e impasibilidad. La razón está en que el tacto es el sentido del afecto. Y que, cuando nos afecta la presencia de la persona amada, se enciende en nosotros un fuego. Lo propio del cuerpo resucitado es, entonces, que arde en el amor, pero que este amor no le consume, igual que ocurría con la zarza ardiendo. Frente a tantos deseos que, al arder, nos consumen, el amor de Cristo nos quema, pero sin hacernos cenizas, porque es un amor que integra nuestros deseos en Él, para con Él caminar al Padre. Es algo que experimentamos ya en esta tierra, en todos nuestros amores, si Cristo está en ellos. El escritor François Mauriac decía: “para creer en la resurrección de la carne, tal vez sea necesario haber vencido a la carne”. Podríamos parafrasearle así: “si creemos que la carne es capaz de pureza, creeremos que la carne es capaz de vida eterna”. Pues la pureza consiste en que el Espíritu, el amor que viene de Dios y lleva a Dios, habita en nuestros deseos, en nuestro cuerpo, y los integra en un amor verdadero. Y ese mismo Espíritu es el que nos resucitará.

Está, en tercer lugar, el oído, y aquí entra la dote de la agilidad, pues el cuerpo glorioso se mueve veloz. Evoca este sentido el agua de la vigilia pascual, que es agua viva, que salta y canta. Si el fuego del amor nos quema, el agua nos empuja a propagar el amor, saliendo de nosotros mismos, con rapidez. No es la velocidad de la luz, sino la velocidad del sonido, porque la luz va solitaria, pero el sonido, al tocar los oídos, suscita una respuesta, y multiplica sus voces. Y el día de la resurrección es día de carreras. “Corramos, amemos”, dice san Agustín, que añade: “el amor mismo es una carrera” (In Psal. 39,11). En otro pasaje san Agustín compara la carrera de Pedro y Juan. Y distingue: Pedro es aquel que ama a Jesús (Pedro, ¿me amas?), Juan es aquel amado por Jesús (el discípulo amado). Entonces, Juan corre más, pues, aunque corremos al amar, corremos sobre todo al ser amados, al entrar en la corriente del amor que viene de Dios. El cuerpo resucitado se deja atraer por Dios. “¡Dejémonos amar y, así, corramos!”.

Finalmente está el gusto, unido a la dote de la sutileza. Hay aquí un sano equilibrio. Pues, por un lado, el cuerpo resucitado es sutil, pero esto no implica que haya que someterle a dietas, pues la sutileza se asocia al gusto. Vemos la maravilla: el cuerpo resucitado come, y no engorda. Esto es así porque el alimento propio del cuerpo resucitado es la Eucaristía, y al tomarlo no lo asimilamos nosotros a él, sino él a nosotros. Según san Agustín, no es que Cristo necesitara comer, sino que tenía el poder de comer, porque comer es una potencia del viviente: la de asimilar en sí el mundo. Se podría añadir: el cuerpo de Cristo tiene capacidad de ser comido para asimilarnos así, para comernos. De acuerdo con esto, la sutileza conlleva la capacidad de atravesar barreras, es decir, de que el cuerpo no sea obstáculo para el encuentro con el otro, sino lugar de comunión, para poder vivir en el otro y vivir juntos.

Vemos que el cuerpo glorificado, con todas sus dotes, apunta a lo mismo: es un cuerpo para el amor. Pues el amor sorprende nuestra mirada con su claridad, luego nos quema dentro, y nos hace salir corriendo de nosotros para alcanzar al amado, y nos asocia plenamente al amado en un solo cuerpo. Por eso llegar a lo profundo de la carne es llegar a lo profundo del amor, a su capacidad de transformarnos, de ofrecernos un cimiento sólido sobre el que edificar la vida. Y la resurrección de la carne significa, entonces, que resucita también el amor, que no resucitaremos solos, sino que resucitan nuestros vínculos, que se llenarán de vida nueva, y que merece por eso la pena invertir en ellos, y consagrar nuestra vida a nuestro esposo, a nuestros padres, hijos, hermanos, amigos… Por eso hoy, día de Pascua, escuchamos a Cristo que nos llama al amor: “¡levantaos, brillad!; ¡levantaos, quemad!; ¡levantaos, corred!; ¡levantaos, sed uno!