Para honrar la carne de María: votos religiosos en la fiesta de la Natividad

P. José Granados, dcjm

8 de septiembre de 2022

Profesión de Juan del Rey Lora-Tamayo, dcjm, 8 de septiembre de 2022

Coinciden estos votos con la fiesta de la Natividad de la Virgen. ¿No es superflua esta fiesta si celebramos ya la Inmaculada Concepción, hace justo nueve meses, el 8 de diciembre, con esa precisión de la liturgia para el tiempo de los embarazos? Pues ya desde su concepción María está entre nosotros llena de gracia. Hay, sin embargo, una novedad en el nacimiento. Es que se ha formado ya en el seno de santa Ana el cuerpo de María virgen. Y este cuerpo, como es propio de todo cuerpo, sale a la luz y es manifestado al mundo. 

Puede decirse que esta es la fiesta del cuerpo de María, y del significado de este cuerpo que será el cuerpo de la Madre de Dios. Es un cuerpo formado en el vientre, modelado por el Creador como una obra de arte: “mi embrión tus ojos lo veían”. De alguna forma en estos nueve meses se anticipa la vida entera de María: seguir dejándose hacer, ahora con el “sí” libre que Ella repetirá durante toda su vida. 

Y esta fiesta del cuerpo de María ayuda a comprender los votos religiosos. Pues en ellos se trata, según san Ignacio de Antioquía, de “honrar la carne del Señor”. Y puede añadirse: también: de honrar la carne de la Señora, la carne de María. Pues la vida religiosa, que no pertenece a la jerarquía de la Iglesia, sino a su vida y santidad (cf. Lumen Gentium), tiene en la Iglesia un lugar mariano. Por eso el Vaticano II define los consejos evangélicos como la conformación con “aquel género de vida virginal y pobre que Cristo Señor escogió para sí y que abrazó su Madre, la Virgen” (Lumen Gentium 46). 

Comencemos por la honra de la carne del Señor. ¿Qué se quiere decir con ello? La pregunta se hace más difícil cuando se trata, como hoy, de los votos de alguien que ya es presbítero. ¿No se honra ya la carne del Señor como sacerdote? 

Sacerdocio y vida religiosa: honra de la carne del Señor

Los votos religiosos de alguien que ya es sacerdote no son muy frecuentes. A veces la gente, al asistir a nuestros votos, pregunta cuántos pasos más quedan hasta la ordenación sacerdotal, como si los votos fueran una etapa hacia ella. Hoy está claro que la pregunta no procede, que la profesión religiosa es un camino distinto. 

Ahora bien, son caminos relacionados. Sabes bien, querido Juan, que no se decide hacer la profesión porque le falte algo al sacerdocio (porque sea necesario, por ejemplo, un apoyo comunitario, o una seguridad mayor en las decisiones que se toman). Al contrario, haces los votos desde una sobreabundancia de tu sacerdocio, que pedía más por su misma lógica de plenitud, y que en ti se activó a través del magis ignaciano: para más amarle y seguirle. 

Pero volvamos a nuestra pregunta: ¿no se honra la carne del Señor siendo sacerdote? Ciertamente, pero en modo distinto a como la honra el religioso. El sacerdote representa a Cristo como cabeza de la Iglesia, y es instrumento vivo de esta presencia corporal de Jesús, manantial de toda gracia. Jesús nos dejó el sacerdocio porque quería seguir actuando, no solo a distancia, como curó al hijo de Régulo, sino con su toque cercano, como resucitó al hijo de la viuda. El sacerdote honra la carne del Señor en cuanto que Cristo es padre que nos abre, en la Eucaristía, un lugar para que con Él ofrezcamos la vida.

¿Y la consagración del religioso? Depende directamente de esta ofrenda de la vida a la que el sacerdocio apunta, y de la que habla san Pablo: “ofreced vuestros cuerpos como hostia viva…” (Rom 12,1s). Los primeros cristianos aplicaron por eso el vocabulario del sacrificio a toda la existencia y, especialmente, al martirio, la entrega de todo por Cristo. Por eso veían cada martirio como una Eucaristía. Recordamos a san Ignacio de Antioquía, que evoca así su futura muerte en Roma: “soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en limpio pan de Cristo” (Ad Rom 4,1). 

Pues bien, la vida religiosa es este martirio hecho vida cotidiana, de forma que se haga ya efectivo en cada cuadrícula de nuestra vida. Ahora no sólo representarás a Cristo, ofreciéndole en el altar por los fieles, sino que conformarás tu vida corporalmente a esta ofrenda. Y así se hará presente en ti el pan partido y el vino derramado. Viene a la mente la oblación ignaciana: tener parte en sus trabajos para participar de su victoria.
Al cristianismo se puede aplicar la historia que contaba Kierkegaard de aquel que vio en una tienda el letrero: “aquí se plancha” y entró para que le planchasen los pantalones. Pero era una tienda de publicidad y lo que estaba en venta era el letrero. El cardenal Carlo Caffarra solía narrar esta anécdota y preguntaba: ¿la Iglesia vende letreros que dicen “aquí se planchan pantalones”? ¿O la Iglesia plancha pantalones? Es decir, ¿vende letreros donde se dice: “aquí habita Cristo”? ¿O nos da a Cristo vivo? 
La vida religiosa está en la Iglesia para que no pueda darse esta confusión. Está en la Iglesia para recordarnos que la Iglesia no contiene solo un signo de Cristo, palabras sobre Cristo, el ejemplo de Cristo, sino la realidad de Cristo, la carne de Cristo, la vida entregada de Cristo. Gracias a la vida religiosa se honra la carne del Señor, su modo concreto de vida, para que su rostro siga haciéndose presente, por así decir, con los mismos rasgos, y se le pueda encontrar como se encuentra a cualquier persona, al salir del portal o al doblar una esquina o al responder al móvil. 

La vida religiosa es, pues, ante todo, un lugar, un espacio abierto para que Cristo siga ocurriendo en el mundo. El primer espacio que se abrió para que ocurriera Cristo fue el seno de su Madre y la existencia entera de su Madre. Por eso la vida religiosa tiene carácter mariano, y para entenderla hemos de añadir a la honra de la carne del Señor la honra de la carne de María. En esta fiesta de la Natividad, si miramos al cuerpo de María, vemos la lógica de los tres votos. 

Honrar la carne de María

El primer rasgo del cuerpo de María consiste en dejarse modelar, primero por el Creador y luego, paso a paso tras Cristo, por su mismo Hijo. Esta plasmación va unida a la obediencia. Las manos de Dios que han modelado a María en el vientre seguirán modelándola durante su vida. Se dejará modelar por fuera por su Hijo. Y, por dentro, por el Espíritu de su Hijo, que se derrama sobre quienes se conforman a la carne del Hijo. Desde Caná María entenderá que Él tiene que tomar la iniciativa, lanzado hacia su hora. Y ordenará a los sirvientes: “haced lo que Él os diga”. Además, como la obra de Cristo no queda solo fuera del hombre, sino que es el mismo hombre, esto significa: “¡haceos como Él os quiera hacer!” 

El escritor Alessandro D’Avenia ha contado en su novela “¡Presentes!” el método de un profesor ciego para pasar lista. Como no puede ver a sus alumnos les pide que se pongan ante él y pueda pasarles la mano por el rostro. El alumno se expone, queda inerme ante una mano que explora y que descubre cada día quién es y cómo está la persona, a través de arrugas y pliegues. En la obediencia dejamos que la mano de Cristo, no solo explore el rostro, sino que le de forma, dando forma así a nuestro futuro. Y es que el rostro, como decía Julián Marías, dice el proyecto de la persona, su futuro, y por eso los romanos llamaban rostrum también al espolón de una nave. Esta es la clave de la obediencia: dejar que se modele el propio futuro para arrostrarlo desde Cristo, porque todos nuestros proyectos se resumen ahora en el proyecto Cristo.

En segundo lugar, el cuerpo de María es un cuerpo hospitalario, como cuerpo de madre. Este cuerpo es un cuerpo-casa, un cuerpo-morada, donde será acogido Jesús. Ha sido modelada la casa de Dios, que llevará en su seno a Jesús y a quienes dan testimonio de Jesús (cf. Ap 12,17). En esta hospitalidad del cuerpo de María observamos el voto de pobreza. La pobreza renuncia a todo lugar que no sea el lugar abierto por María, donde nació Jesús. Quien es pobre renuncia a poseer casas o tierras, esos bienes raíces que nos instalan en el mundo. Lo hace para que todo su hogar sea el cuerpo de Cristo que nos vino por María. Por eso la pobreza se vive en la comunidad como dependencia en el uso de los bienes. Significa renunciar a toda casa propia para que nuestra casa sean las relaciones con los hermanos centradas en Jesús. Es como quedarse a la intemperie ante los hermanos, sin posesiones que separen del cuerpo de Cristo. Pero esta intemperie es la verdadera casa, la que durará por los siglos, preparada por el Padre con muchas moradas. 

Por último, está la virginidad de María. Es una carne que se reserva para Dios, que se hace capaz de alcanzar a Dios, porque solo Dios llena el corazón. Por eso la virginidad se asocia a un destino nuevo, más alto, al que no alcanza la serie de generaciones que hemos leído en el Evangelio. “Generó”, “generó”, “generó…” Aunque en cada “generar” está la novedad más grande de que somos capaces, y que es la novedad del hijo, la repetición del “generó” no consigue superar lo consabido. Esa lista tiene que transformarse, cuando ya no se dice: “José generó a Jesús…”, sino: “José, el esposo de María, de quien nació Cristo…” La virginidad de María, que rompe la lista de los “generó” humanos es la clave para la generación nueva de la carne de Cristo, que lo renueva todo. La virginidad trae consigo la más alta fecundidad, no la renuncia al amor, sino el fruto por excelencia del amor. Así llama Dante a María: aquella que giró la llave que abría las puertas al Alto Amor.

Conclusión: en la fragilidad de nuestra carne

En pobreza, castidad y obediencia el religioso honra la carne del Señor y honra la carne de María. Su vida consiste en seguir corporalmente a Cristo en ese lugar corporal abierto por la Madre de Cristo. Es la honra de lo concreto y humilde de la carne. Los Padres decían que el hombre es capaz de Dios, capax Dei. Lo es por su alma, sí, en cuanto puede comprender y amar a Dios. Pero la expresión capax Dei se aplicó también a la Virgen María: virgo capax Dei. Y, desde ahí, se podía aplicar, no solo al alma, sino a la carne que abraza al Hijo de Dios encarnado y se conforma con Él. Lo dice san Ireneo de Lyon: la carne, capaz de recibir el arte y la potencia de Dios (capax caro virtutis DeiAdv. Haer. 5,3). Así, la vía para que el alma abrace a Dios es la humildad y la paciencia de la carne. Hay aquí un escándalo, porque Cristo se hace presente en la pobreza y límites del superior, y en la fragilidad de la comunidad. Pero este es el camino de quien, abandonando altos vuelos solitarios, se deja modelar por el amor, para que resulte evidente que es propio de Dios hacer y es propio del hombre dejarse hacer. Solo así se supera la propia medida y los propios esquemas, para hacernos capaces de Dios. Lo entendió bien san Ignacio de Loyola, que en su camino espiritual abrazó la caridad discreta y humilde de quien siente con la Iglesia, en el Cuerpo de Cristo.

Desde aquí se comprende que en la vida religiosa se pueda tener al superior “en lugar de Dios”, como dirás en la fórmula de votos. Podría parecer excesivo. Pero es la esencia de la obediencia: se acepta una mediación humilde para que la voluntad de Dios se haga concreta en nuestra vida. Esto, ciertamente, no sucede de modo automático, sino a través de la concordia con el superior y en el trabajo común con los hermanos. Pues se trata de la mediación de Cristo, el Maestro, presente en la Iglesia, que nos invita a su misión como Rey eterno. De hecho, se puede decir “a quien tengo en lugar de Dios” porque Cristo dijo: “quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Esto conlleva, por tanto, una llamada al superior a que se conforme con la voluntad de Dios, como sucede con Cristo, que hizo solamente lo que veía hacer al Padre. “Aquien tengo en lugar de Dios” implica: a quien tengo en lugar de Aquel cuyo alimento consistió en hacer la voluntad de Dios.

Terminemos recordando un texto de san Ireneo de Lyon que se aplica muy bien a la fiesta de hoy y nos recuerda la paciencia receptiva de la carne. Se apropia en modo eximio al cuerpo de María en su Natividad. “Porque no haces tú a Dios, sino Dios a ti. Si pues eres obra de Dios, aguarda la mano de tu Artífice, que todo lo hace oportunamente […] Preséntale tu corazón blando y maleable y conserva la figura con que te modeló el Artífice, manteniéndote húmedo, no vayas a perder, endurecido, las huellas de Sus dedos. Guardando empero la trabazón, subirás a lo perfecto; pues el arte de Dios esconderá el barro que hay en ti. La Mano de Él modeló en ti la substancia; te ungirá por dentro y por fuera con oro puro y con plata, y de tal suerte te adornará que el propio Rey codicie tu hermosura” (cf. Contra las Herejías IV 39,2). Recibes hoy a María entre tus cosas para honrar su carne, como hizo san Juan al pie de la Cruz. Con ella contemplarás a Cristo, y Él te mostrará el camino al Padre.